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Cómo funcionan los superconductores y por qué los queremos más cálidos

Los superconductores transportan electricidad con resistencia cero, lo que permite la existencia de máquinas de resonancia magnética, trenes de levitación magnética y computadoras cuánticas. Los científicos compiten por hacerlos funcionar a temperaturas más altas, un avance que podría transformar la energía y la tecnología.

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Redakcia
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Cómo funcionan los superconductores y por qué los queremos más cálidos

Resistencia cero, potencial infinito

Cada cable en tu hogar desperdicia energía. A medida que la electricidad fluye a través del cobre o el aluminio, los electrones chocan con los átomos, generando calor y perdiendo potencia. El Departamento de Energía de EE. UU. estima que aproximadamente el 5% de la electricidad generada en Estados Unidos se pierde durante la transmisión y distribución. Los superconductores eliminan ese problema por completo. Por debajo de una temperatura crítica específica, ciertos materiales conducen la electricidad con absoluta resistencia cero: la corriente fluye para siempre sin ninguna pérdida de energía.

Desde su descubrimiento en 1911, los superconductores han prometido una revolución en energía, medicina y transporte. El problema: solo funcionan cuando están extremadamente fríos. Esa limitación ha alimentado una de las búsquedas más largas de la física: encontrar un superconductor que funcione a temperatura ambiente.

Cómo funciona la superconductividad

En un conductor normal, los electrones se mueven de forma independiente, chocando constantemente con la red atómica y perdiendo energía en forma de calor. En un superconductor enfriado por debajo de su temperatura crítica, sucede algo notable: los electrones se emparejan en lo que los físicos llaman pares de Cooper.

Estos electrones emparejados están unidos por pequeñas vibraciones en la red cristalina llamadas fonones. A diferencia de los electrones solitarios, los pares de Cooper se mueven a través del material en un estado cuántico coordinado, deslizándose más allá de los átomos sin dispersarse. El resultado es un superfluido de portadores de carga que no encuentra resistencia alguna.

Los superconductores también exhiben el efecto Meissner: expulsan activamente los campos magnéticos de su interior. Las corrientes superficiales surgen y generan un campo opuesto, razón por la cual un imán colocado sobre un superconductor flota en el aire. Esto no es solo un truco de fiesta; es el principio detrás de la tecnología de levitación magnética.

Dónde ya funcionan los superconductores

A pesar de la necesidad de un enfriamiento extremo, los superconductores impulsan varias tecnologías críticas:

  • Máquinas de resonancia magnética: Los campos magnéticos potentes y estables dentro de cada escáner de resonancia magnética hospitalario son generados por bobinas superconductoras hechas de niobio-titanio, enfriadas con helio líquido a aproximadamente 4 Kelvin (−269 °C). Esto representa un mercado global multimillonario.
  • Trenes de levitación magnética: El SCMaglev de Japón utiliza electroimanes superconductores para levitar e impulsar trenes a velocidades que superan los 600 km/h, mucho más allá de lo que puede lograr el ferrocarril convencional.
  • Aceleradores de partículas: El Gran Colisionador de Hadrones del CERN depende de más de 1200 imanes superconductores enfriados a 1,9 K para desviar los haces de partículas alrededor de su anillo de 27 kilómetros.
  • Cables de alimentación: Proyectos piloto como el cable superconductor de Long Island han demostrado que el cable superconductor de alta temperatura, enfriado con nitrógeno líquido, puede suministrar energía a través de densas áreas urbanas prácticamente sin pérdida de transmisión.

El problema de la temperatura

Cuando el físico holandés Heike Kamerlingh Onnes descubrió la superconductividad en el mercurio en 1911, la temperatura crítica era de solo 4,2 Kelvin. Durante décadas, el progreso fue glacial. Un gran salto se produjo en 1986 cuando los investigadores de IBM Georg Bednorz y Karl Alex Müller encontraron compuestos cerámicos de óxido de cobre que superconducen a alrededor de 35 K, lo que les valió un Premio Nobel y lanzó la era de los superconductores de alta temperatura.

En un año, los científicos elevaron el récord por encima de 90 K utilizando óxido de itrio, bario y cobre (YBCO), cruzando el umbral crucial del nitrógeno líquido de 77 K. Eso hizo que el enfriamiento fuera mucho más barato y práctico. Bajo presiones extremas, los compuestos ricos en hidrógeno han mostrado desde entonces superconductividad por encima de 250 K, pero esas condiciones son imposibles de mantener fuera de un laboratorio.

El último hito se produjo en marzo de 2026, cuando físicos de la Universidad de Houston lograron 151 Kelvin (−122 °C) a presión ambiente utilizando una técnica de "enfriamiento por presión" en una cerámica a base de mercurio. Es la temperatura crítica más alta jamás registrada sin mantener una alta presión, pero aún así está aproximadamente 140 grados por debajo de la temperatura ambiente.

Por qué importa la temperatura ambiente

Un superconductor a temperatura ambiente sería transformador. Las redes eléctricas podrían transmitir electricidad a través de los continentes sin pérdida alguna. Las máquinas de resonancia magnética podrían reducirse en tamaño y costo, haciendo que las imágenes médicas avanzadas sean accesibles en todo el mundo. Las computadoras cuánticas podrían operar sin sistemas de enfriamiento elaborados. Los motores y generadores eléctricos se volverían radicalmente más eficientes.

Como investigadores de la Academia Nacional de Ciencias de EE. UU. recientemente señalaron, quedan dos desafíos clave: mejorar los modelos computacionales que predicen qué materiales podrían superconducir e diseñar esos materiales para que realmente puedan fabricarse. Ninguna ley fundamental de la física prohíbe la superconductividad a temperatura ambiente: la barrera es encontrar el material adecuado y comprender por qué funciona.

Después de más de un siglo de progreso incremental, la búsqueda continúa. Cada récord batido reduce la brecha entre la curiosidad de laboratorio y la tecnología que cambia el mundo.

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