Cómo se establecen las cuotas de pesca y por qué a menudo fracasan
Las cuotas de pesca están pensadas para prevenir la sobrepesca, pero el proceso que transforma el asesoramiento científico en límites de captura está plagado de concesiones políticas. Así es como funciona y dónde falla.
El problema que las cuotas pretenden resolver
Cada año, las flotas pesqueras extraen aproximadamente 80 millones de toneladas de peces salvajes de los océanos del mundo. Sin límites, el incentivo es simple: capturar la mayor cantidad posible antes de que lo haga otro. Las cuotas de pesca existen para evitar esa carrera hacia el abismo. Limitan la cantidad de cada especie que se puede extraer de un área determinada, con el objetivo de mantener las poblaciones lo suficientemente grandes como para reproducirse y mantenerse indefinidamente.
El concepto suena sencillo, pero el camino desde la biología marina hasta la ley aplicable es de todo menos eso. Comprender cómo funcionan las cuotas y por qué a menudo se quedan cortas requiere seguir una cadena que va desde los buques de investigación hasta los despachos políticos.
Primer paso: Contar peces que nadie puede ver
El proceso comienza con las evaluaciones de poblaciones: estimaciones científicas de cuántos peces de una especie determinada existen en un área definida. Los biólogos marinos recopilan datos de estudios de arrastre de investigación, informes de capturas comerciales, lecturas de sonar acústico y muestreo biológico de la edad, el tamaño y el estado reproductivo de los peces. Estos datos se introducen en modelos matemáticos que estiman el tamaño actual de la población, el reclutamiento (cuántos peces jóvenes entran en la población cada año) y las tasas de mortalidad.
En el Atlántico Nordeste, el Consejo Internacional para la Exploración del Mar (CIEM) coordina este trabajo. Para cada población, el CIEM produce una estimación del rendimiento máximo sostenible (RMS): la captura más grande que se puede realizar año tras año sin agotar la población. El concepto se remonta a la década de 1950 y, a pesar de las críticas por simplificar en exceso los ecosistemas, sigue siendo el punto de referencia legal consagrado en la Política Pesquera Común de la UE y la Convención de las Naciones Unidas sobre el Derecho del Mar.
Segundo paso: Convertir la ciencia en un número
Basándose en su evaluación, el CIEM emite un dictamen sobre las posibilidades de pesca, esencialmente un límite máximo recomendado para las capturas. A continuación, la Comisión Europea traduce ese dictamen en un Total Admisible de Capturas (TAC) propuesto para cada población. Procesos similares operan en Estados Unidos a través de NOAA Fisheries y sus consejos regionales, y en otras jurisdicciones de todo el mundo.
En la UE, la propuesta de la Comisión se presenta al Consejo de Ministros, donde los ministros de pesca de todos los Estados miembros negocian el TAC final en una cumbre anual en diciembre. La cuota de cada país se determina mediante la estabilidad relativa: asignaciones porcentuales fijas basadas en patrones de pesca históricos, algunos de los cuales se remontan a décadas atrás. A continuación, los países distribuyen sus cuotas nacionales entre los operadores de buques individuales.
Dónde falla
La brecha entre la recomendación científica y la decisión política es donde el sistema falla rutinariamente. Según Seas At Risk, los ministros de la UE han fijado históricamente TAC por encima del asesoramiento científico en aproximadamente seis de cada diez casos desde que se reformó la Política Pesquera Común en 2013. En algunos casos, las cuotas acordadas han sido dos o tres veces superiores al nivel recomendado por los científicos.
Las razones son en gran medida políticas. Los ministros se enfrentan a la presión de las industrias pesqueras nacionales que dependen de cuotas elevadas para obtener ingresos a corto plazo. Las negociaciones se realizan a puerta cerrada, y solo se hacen públicos los resultados finales, lo que reduce la rendición de cuentas. Y cuando varios países comparten una población migratoria, como ocurre con la caballa del Atlántico Nordeste, la ausencia de un acuerdo internacional vinculante puede llevar a cada parte a fijar cuotas unilaterales que, combinadas, superan con creces el límite científico.
La advertencia de la caballa
La caballa del Atlántico ilustra las consecuencias. Las naciones costeras no han logrado ponerse de acuerdo sobre la distribución de las cuotas durante más de una década. Para 2026, el CIEM recomendó un límite de capturas de aproximadamente 174.000 toneladas, un recorte del 70%. El Reino Unido, Noruega, las Islas Feroe e Islandia acordaron alrededor de 299.000 toneladas, todavía muy por encima del asesoramiento científico. La Marine Conservation Society ha incluido a la caballa en la lista roja, aconsejando a los consumidores que la eviten por completo, una caída dramática para un pez que antes se consideraba un modelo de sostenibilidad.
¿Se puede arreglar el sistema?
Los reformadores abogan por varios cambios: hacer transparentes las negociaciones ministeriales, vincular los TAC directamente al asesoramiento científico sin anulación política y reforzar la aplicación de la ley contra la pesca ilegal, no declarada y no reglamentada (INDNR). El sistema estadounidense, regido por la Ley Magnuson-Stevens, ofrece un modelo parcial: exige legalmente que los límites de captura no superen las recomendaciones científicas, y NOAA informa de que la mayoría de las poblaciones estadounidenses evaluadas ya no están sujetas a la sobrepesca.
Sin embargo, la tensión central sigue siendo universal: las poblaciones de peces se recuperan en escalas de tiempo biológicas medidas en años o décadas, mientras que las presiones políticas y económicas operan en ciclos electorales y ganancias trimestrales. Hasta que las estructuras de gobernanza superen esa brecha, la ciencia detrás de las cuotas de pesca seguirá siendo tan fuerte como la voluntad política de seguirla.