Por qué las bandas controlan ahora el 90% de la capital de Haití
Durante décadas, los políticos haitianos armaron a las bandas callejeras para consolidar el poder. Cuando el Estado se derrumbó, esas bandas se volvieron contra sus patrocinadores y ahora dirigen el país de facto, controlando aproximadamente el 90 por ciento de Puerto Príncipe.
Un país rehén
Haití es uno de los ejemplos más extremos de fracaso estatal en el hemisferio occidental. Las bandas armadas controlan ahora aproximadamente el 90 por ciento de Puerto Príncipe, una capital de casi tres millones de personas, según estimaciones de las Naciones Unidas. Cientos de miles de residentes han sido desplazados. Los hospitales han cerrado, las escuelas se han vaciado y las rutas de suministro dentro y fuera de la ciudad son bloqueadas rutinariamente por puestos de control armados. Comprender cómo sucedió esto requiere rastrear varias décadas de disfunción política, y la elección deliberada de los líderes haitianos de armar a los hombres que ahora aterrorizan a su propio país.
Cómo los políticos construyeron las bandas
Los grupos armados no son un fenómeno nuevo en Haití. Durante gran parte del siglo XX, los líderes políticos utilizaron matones callejeros, conocidos como chimères, para intimidar a los oponentes, reprimir las protestas y consolidar el poder en los barrios más pobres de Puerto Príncipe. Los políticos proporcionaron dinero en efectivo, armas y cobertura legal; las bandas proporcionaron votos, intimidación y fuerza bruta. Según PBS NewsHour, esta relación simbiótica se extendió a través de múltiples administraciones y facciones políticas.
El acuerdo finalmente fracasó. Llenas de armas, muchas de ellas traficadas ilegalmente desde Estados Unidos, y envalentonadas por años de impunidad, las bandas superaron a sus patrocinadores. Establecieron feudos independientes en toda la capital, luchando contra grupos rivales por el control de barrios, puertos comerciales y corredores de tráfico de drogas.
El terremoto de 2010 y la profundización del colapso
El catastrófico terremoto de enero de 2010, que mató a unas 220.000 personas y desplazó a 1,5 millones más, aceleró el colapso institucional de Haití. Los tribunales, las prisiones, las estaciones de policía, ya de por sí frágiles, fueron destruidos físicamente de la noche a la mañana. Un brote posterior de cólera mató a unas 10.000 personas más. El vacío resultante dejó vastas áreas del país sin una gobernanza funcional durante años, creando condiciones ideales para que los grupos armados se atrincheraran aún más.
El punto de inflexión: 2021
El asesinato del presidente Jovenel Moïse en julio de 2021 fue la ruptura decisiva. Sin un presidente electo, un parlamento que había dejado de funcionar desde 2020 y un poder judicial en desorden, Haití no tenía una autoridad legítima capaz de comandar sus fuerzas de seguridad. Las bandas armadas entraron directamente en el vacío.
La figura más prominente que surgió fue Jimmy Chérizier, un ex oficial de la Policía Nacional de Haití que usa el alias de "Barbecue". Destituido de la fuerza en 2018 tras su presunta participación en la masacre de La Saline, en la que murieron al menos 71 personas y se quemaron más de 400 casas, Chérizier formó la federación G9 Family and Allies en 2020, uniendo a nueve bandas bajo un solo mando. En 2023, G9 se fusionó con su antigua coalición rival para crear Viv Ansamn ("Vivir Juntos"), la alianza de pandillas más poderosa en la historia de Haití, según Al Jazeera.
Una catástrofe humanitaria en cifras
La magnitud de la crisis es asombrosa. En un solo año, más de 5.900 personas murieron en actos de violencia relacionados con pandillas, y más de 1,4 millones de haitianos, aproximadamente el 11 por ciento de toda la población, fueron desplazados de sus hogares, según UN News. Las Naciones Unidas estiman que la mitad de todos los miembros de pandillas en Haití son ahora niños, y el reclutamiento de menores aumentó un 700 por ciento a principios de 2025 en comparación con el mismo período del año anterior. Más de la mitad de la población se enfrenta a una inseguridad alimentaria de nivel de crisis.
Por qué los esfuerzos internacionales han fracasado
Los intentos internacionales de restablecer el orden han arrojado resultados limitados. Una misión multinacional de apoyo a la seguridad (MSS) liderada por Kenia, autorizada por el Consejo de Seguridad de la ONU en 2023 y desplegada a mediados de 2024, llegó con aproximadamente 1.000 efectivos, muy pocos para estabilizar una capital donde las pandillas comandan distritos enteros. Expertos del United States Institute of Peace describieron la misión como crónicamente subfinanciada, con poco personal e incapaz de sofocar la violencia de las pandillas.
A finales de 2025, la ONU reemplazó la MSS con una nueva Fuerza de Supresión de Pandillas (GSF), destinada eventualmente a alcanzar los 5.500 oficiales. Por ahora, opera con el mismo contingente de 1.000 personas. Los críticos señalan que ninguna fuerza externa puede sustituir a las propias instituciones estatales de Haití, instituciones que, por ahora, apenas existen. Como ha argumentado el International Crisis Group, desmantelar las alianzas de pandillas requiere romper las redes políticas y financieras que las crearon y las sostuvieron en primer lugar.
Un camino frágil por delante
A pesar de la crisis en curso, Haití se está preparando para sus primeras elecciones generales en una década, con un récord de 280 partidos políticos registrados para competir. Si la votación se puede celebrar de forma segura, y si puede producir un gobierno con suficiente legitimidad para comenzar a reconstruir el estado, sigue siendo profundamente incierto. Lo que está claro es que una recuperación duradera requerirá mucho más que una votación: exige desmantelar el acuerdo de décadas por el cual las élites haitianas armaron a sus peores enemigos y lo llamaron gobernanza.