¿Qué es la retinopatía diabética y cómo daña la visión?
La retinopatía diabética es la principal causa de ceguera en adultos en edad laboral en todo el mundo. Aquí se explica cómo el azúcar alto en la sangre destruye silenciosamente el tejido sensible a la luz del ojo y qué puede hacer la medicina al respecto.
Un ladrón silencioso de la vista
La mayoría de las personas con retinopatía diabética temprana no sienten nada. Ni dolor. Ni visión borrosa. Ni advertencia. Cuando aparecen los síntomas, ya se ha producido un daño grave, a menudo irreversible. Esa invisibilidad es lo que hace que esta afección, la principal causa de ceguera entre los adultos en edad laboral a nivel mundial, sea tan peligrosa.
La retinopatía diabética es una complicación de la diabetes, tanto de tipo 1 como de tipo 2, que daña progresivamente la retina: la fina capa sensible a la luz que recubre la parte posterior del ojo. Cuando los niveles de azúcar en la sangre permanecen elevados con el tiempo, los diminutos vasos sanguíneos que irrigan la retina comienzan a deteriorarse. Las consecuencias van desde leves alteraciones visuales hasta la ceguera total.
Cómo el azúcar alto en la sangre daña el ojo
La retina es uno de los tejidos metabólicamente más activos del cuerpo, y requiere un suministro constante y abundante de sangre. La glucosa crónicamente elevada debilita las paredes de los finos capilares de la retina, haciéndolos propensos a la fuga de líquido y sangre. A medida que estos vasos se deterioran, la retina se ve privada de oxígeno, un estado llamado isquemia.
En respuesta, el cuerpo desencadena la liberación del factor de crecimiento endotelial vascular (VEGF), una proteína de señalización que indica al cuerpo que produzca nuevos vasos sanguíneos. Pero estos vasos de reemplazo son frágiles y tienen una estructura anormal. Sangran fácilmente en el interior gelatinoso del ojo, pueden tirar de la retina y, en última instancia, provocar su desprendimiento, con consecuencias devastadoras para la visión.
Investigaciones recientes del University College London, publicadas a principios de 2026, han identificado un desencadenante aún más temprano en esta cascada: una proteína llamada LRG1, que parece contraer los diminutos vasos sanguíneos de la retina e interrumpir el suministro de oxígeno incluso antes de que el VEGF entre en escena. En modelos animales, el bloqueo de LRG1 detuvo el daño retiniano en su etapa más temprana, un hallazgo que podría transformar la forma en que se trata la enfermedad.
Dos etapas, una amenaza creciente
Los médicos dividen la retinopatía diabética en dos etapas amplias:
- Retinopatía diabética no proliferativa (RDNP): La etapa temprana, en la que los capilares desarrollan pequeñas protuberancias llamadas microaneurismas y comienzan a tener fugas. La visión aún puede ser normal, pero el daño estructural está en marcha. La mayoría de las personas con diabetes que desarrollan retinopatía comienzan aquí.
- Retinopatía diabética proliferativa (RDP): La etapa avanzada, en la que crecen nuevos vasos sanguíneos anormales a través de la retina y hacia el vítreo. Es entonces cuando la pérdida de visión se acelera rápidamente. El desprendimiento de retina y la hemorragia grave se convierten en riesgos reales.
Una complicación relacionada, el edema macular diabético (EMD), puede ocurrir en cualquier etapa cuando se acumula líquido en la mácula, la región central de la retina responsable de la visión nítida y detallada. El EMD es la causa más común de discapacidad visual entre las personas con diabetes.
Una crisis mundial de la vista
La magnitud del problema es asombrosa. Según un metaanálisis a gran escala publicado en Ophthalmology, aproximadamente 103 millones de adultos en todo el mundo vivían con retinopatía diabética en 2020, y más de 28 millones padecían formas de la enfermedad que amenazaban la visión. Para 2045, se prevé que esas cifras aumenten a 160 millones y 45 millones, respectivamente, impulsadas por la expansión mundial de la diabetes.
La retinopatía diabética es la principal causa de ceguera prevenible en la población en edad laboral, según la Federación Internacional de Diabetes. La prevalencia es mayor en el África subsahariana y en partes de América del Norte, y menor en América del Sur y Central, disparidades vinculadas a las diferencias en el control de la diabetes, el acceso a la atención médica y las tasas de detección.
Tratamientos: del láser a la inyección
Durante décadas, la fotocoagulación con láser fue el pilar del tratamiento. En la fotocoagulación panretiniana, un láser crea cientos de pequeñas quemaduras en la retina periférica, destruyendo el tejido privado de oxígeno y reduciendo la producción de VEGF. La técnica ralentiza eficazmente el crecimiento anormal de los vasos, aunque a veces puede reducir la visión periférica o nocturna como efecto secundario.
Más recientemente, las inyecciones anti-VEGF, fármacos como el ranibizumab y el aflibercept, se han convertido en el estándar de atención para el edema macular y la retinopatía avanzada. Inyectados directamente en el ojo con anestesia local, neutralizan el exceso de VEGF y pueden revertir parcialmente algunos daños. Sin embargo, funcionan solo en alrededor de la mitad de los pacientes, requieren visitas repetidas a la clínica y no abordan las primeras etapas de la enfermedad.
Para los casos graves que implican desprendimiento de retina, puede ser necesaria la vitrectomía, la extirpación quirúrgica del vítreo gelatinoso, para restaurar algún grado de visión.
Un nuevo objetivo en el horizonte
El descubrimiento por parte de la UCL del papel de LRG1 en el inicio del daño retiniano abre una nueva ventana terapéutica. Debido a que LRG1 actúa antes que el VEGF, los fármacos dirigidos a él podrían proteger potencialmente la retina antes de que se produzcan daños irreversibles, un cambio significativo con respecto al enfoque reactivo actual. El equipo de la UCL ya ha desarrollado un fármaco candidato y lo está avanzando hacia los ensayos clínicos. La empresa derivada de la UCL, Senya Therapeutics, cofundada en 2019, está liderando ese esfuerzo.
La prevención comienza con la detección
La herramienta más poderosa contra la retinopatía diabética sigue siendo la más simple: los exámenes oculares periódicos. Debido a que la enfermedad es asintomática en sus primeras etapas, los exámenes oculares anuales con dilatación permiten a los médicos detectar y controlar los cambios antes de que la visión esté en riesgo. Un buen control del azúcar en la sangre, el control de la presión arterial y el colesterol, y evitar fumar reducen sustancialmente la tasa de progresión.
Para los cientos de millones de personas que viven con diabetes en todo el mundo, comprender esta afección no es meramente académico, es la diferencia entre conservar y perder la vista.